A la hora de hacer una maleta, lo que más me ha costado siempre es diferenciar entre los objetos estrictamente necesarios y los prescindibles, sobre todo cuando te insisten hasta el aburrimiento del poco espacio del que disponemos en el coche. Normalmente suelo viajar a algún lugar donde poder expandirme (yo y mis pertenencias) hasta donde alcanza la vista, pero esta vez es diferente: se trata de un camping.
Como siempre voy ilusionadisisisisisima, por ser una experiencia nueva, y la ecologista que hay en mí se emociona de poder pasar todo un fin de semana rodeada de naturaleza y, lo que me resulta aún más emocionante, del mar. Casi no recuerdo la última vez que mis pies tocaron un conjunto de agua de mayor tamaño que una piscina olímpica. Miento, fue hace casi 6 años. No ha sido por gusto, eso está claro, pero tampoco por falta de oportunidades; he llegado a la conclusión de que ha sido la falta de alineación de los planetas o algo parecido (el mal de ojo quedó descartado).
Tras la ardua tarea de introducir todos los "que no se me olvide" y "por si acaso" dentro de una maleta no muy de mi gusto, llegó la increíble hazaña (propia del mejor jugador de Tetris) de poder meternos en el coche, un espacio conquistado ya por todas nuestras pertenencias (estaban a punto de amotinarse, oí a una esterilla hablando de revolución y todo). 2 horas y media sin verte la parte inferior del cuerpo son suficientes para creer que no está ahí... Menos mal que las vistas eran espectaculares; y con lo que me gusta a mi sacar fotos a las montañas os podéis imaginar el viajecito que les di a mis compañeros, jejeje.
Por fin llegamos a nuestro destino, Noja. Nos topamos con el más antipático y seco de todos los directores de camping que había en la región, pero todo mereció la pena al estar justo en el paseo marítimo. Montamos la tienda en apenas 15 minutos (Iglú; en la funda aseguran que caben cuatro personas. Está claro que la vida está hecha en estatura media).
Antes de llegar a las dunas ya olía a mar aunque no se viera; y no me refiero al olor a puerto y a pescado, sino al salitre, la humedad, la arena... Se oían las olas romper incesantemente, como la voz de la Tierra en conversación con todo bicho viviente sobre ella. Me quito las sandalias y siento como la arena se cuela entre los dedos de los pies (suerte que no pisé en el tapón de botella situado a 2 cm de mi meñique derecho); jugueteo un segundo con ella mientras recuerdo los veranos en las playas de Portugal de cuando era niña, largas playas del Atlántico, con mucho oleaje y pocos turistas. Entonces un gritito escapa furtivamente de mi garganta, signo de que mi emocionómetro está alcanzando niveles históricos.
Escalando la duna y esquivando algunos objetos sospechosos semienterrados, llegamos a lo más alto, y lo único en lo que puedo pensar es: "¡Oh!, queee bonitooo". Solté ahí mismo mi bolsa y salí como una exalación para zambullirme en el agua; o eso es lo que me hubiera gustado hacer si tuviera unos cuantos años menos. Por desgracia, una ya tiene una edad en la que no se puede permitir hacer demasiadas tonterías, por lo que tiene que seleccionarlas cuidadosamente (tenía que haberlo hecho, y me arrepentiré toda la vida, snif).
Después de una hora paseando por la playa e ideando posibles rutas aprovechables al día siguiente, el resto de la tarde está algo difusa; pero me atrevería a decir que incluyó un paseo por el pueblo y una cena en el césped, al lado de la tienda, muy sabrosa ("Mi gustar ensaladas").
Consejo para campistas: Una luz frontal (de las que te colocas en la cabeza) es más útil de lo que nunca pude imaginar.

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