9:33 a.m. Estoy en una sala irreconocible hablando de temas insustanciales con gente a la que no consigo identificar. Sin embargo, siento como si la conversación fuera realmente vital. De repente oigo, como a lo lejos, una voz que podría estar gritando mi nombre o bostezando alegremente; aunque poco a poco el grito se va haciendo cada vez más nítido.
Me revuelvo perezosamente entre las sábanas. - "Con lo bien que estaba yo calentita e inconsciente...".
- "¿Esperas un paquete de Villaarriba?" dice la voz desde la puerta.
Con una voz como de ultratumba (o de ultra-dormida) respondo: - "¡¡nñnghftre!!"
- "Tomaré eso como un sí".
Entre legaña y pestaña localizo el reloj. Son las 9:45 a.m. Hasta en sueños la hora sigue siendo la misma. Ayer me acosté tarde y me he dado de tiempo hasta las 11 para dormir; pienso aprovechar hasta el último minuto.
Ya a las 11 cojo el paquete, y entonces reacciono. ¡Son mis apuntes! ¡Mis añorados apuntes!.
(Aclaración argumental - Hace unos 2 o 3 años, le presté los apuntes de una asignatura, de esas que se suelen resistir lo suyo, a una amiga de la carrera porque por fin la había aprobado y a ella le serían más útiles. Con la cabeza que tengo, casi me había olvidado de ellos. La compañera se fue a vivir a otra ciudad y se acordó hace poco de que los apuntes estaban en su poder)
Abro el paquete con cuidado, para que no se mareen, los pobres han tenido un viajecito interesante. Ahí están, de nuevo en mis manos, temblorosos, asustados, con los nervios a flor de hoja. No saben donde están ni como han llegado aquí, no reconocen ni el lugar ni a mi, que los creé con mis propias manos y unos cuantos bolis Bic. Y entonces ocurre lo inevitable: se ponen a llorar y a gritar como descosidos.
No se si alguna vez habéis oído el sonido que hacen unos apuntes descontentos. No es tan elegante como el de los libros impresos y encuadernados, todos sofisticados y resabiados, donde solo se nota el sonido de alguna errata perdida entre sus páginas, si es que tienes un oído experto. Los mejores casi suenan como si solo tuvieran una voz. Porque, de hecho, los apuntes suenan como una colmena auténtica (e inmensa): cada palabra una abeja, cada hoja un panal, etc... Ahora imaginad que todas se ponen a hablar al mismo tiempo, pero cada una suena distinta a las demás. Hasta las palabras que parecen iguales son diferentes, alguna tiene una f más alargada, o está subrayada, o tiene un borrón porque traté de corregirla (esas son las que más desafinan). Los dibujos son como la percusión, nadie se fija en ellos, pero si faltan todo el mundo se da cuenta. Sin embargo, también tienen su encanto si se sabe escuchar a los textos manuales; te dejan una sensación casera y entrañable.
Pero éstas llevaban demasiado tiempo fuera; casi habían perdido el acento. Hasta creo que una de las hojas intentó morderme, por suerte solo fue un rasguño en uno de los dedos...
Me costó toda la mañana que se adaptaran de nuevo. Tuve que hacerle un tour por toda la casa para que viera que no queríamos ni romperlos ni quemarlos (creo que Fahrenheit 451 será película prohibida una temporada...), presentarle a toda la familia; y, sobre todo, recordarle todo lo que había olvidado. Cómo lo creé de los apuntes en sucio, cada día durante un curso entero, cómo sus compañeros desarrapados y menos afortunados, meros eslabones perdidos de una cadena inexistente, les deseaban una vida mejor antes de partir a tierras lejanas donde serían otros libros, de aventuras tal vez (con suerte, también podían acabar siendo cartones o papel higiénico reciclado; ese no parece un destino muy agradable...). Y sobre todo, recordarles cómo, tras haberlos acabado, me pasé horas estudiándolos y repasándolos durante días y noches enteros. Y de cómo les pedí que ayudaran a mi amiga porque ella también se lo merecía.
Finalmente recordaron. Y ya todo volvió a ser como antes. Ellos descansando, después de un trabajo bien hecho, junto con otros como ellos en un espacio especialmente dedicado; y yo, trabajando tranquilamente sin el molesto sonido de apuntes cabreados en mi cabeza.
Perdón por este texto, insípido guiño a Terry Pratchet después de haber leído el altamente recomendable libro titulado "Buenos Presagios" (colaboración entre el citado Pratchet y Neil Gaiman). Ya sabréis que cuando la musa te sonríe, es mejor hacerla caso o se irá tan rápido como vino. Pues este es el resultado; más soñador de lo que me esperaba.
Gracias María por los apuntes, los echaba mucho de menos (y sus amiguitos también, no te creas).
Me revuelvo perezosamente entre las sábanas. - "Con lo bien que estaba yo calentita e inconsciente...".
- "¿Esperas un paquete de Villaarriba?" dice la voz desde la puerta.
Con una voz como de ultratumba (o de ultra-dormida) respondo: - "¡¡nñnghftre!!"
- "Tomaré eso como un sí".
Entre legaña y pestaña localizo el reloj. Son las 9:45 a.m. Hasta en sueños la hora sigue siendo la misma. Ayer me acosté tarde y me he dado de tiempo hasta las 11 para dormir; pienso aprovechar hasta el último minuto.
Ya a las 11 cojo el paquete, y entonces reacciono. ¡Son mis apuntes! ¡Mis añorados apuntes!.
(Aclaración argumental - Hace unos 2 o 3 años, le presté los apuntes de una asignatura, de esas que se suelen resistir lo suyo, a una amiga de la carrera porque por fin la había aprobado y a ella le serían más útiles. Con la cabeza que tengo, casi me había olvidado de ellos. La compañera se fue a vivir a otra ciudad y se acordó hace poco de que los apuntes estaban en su poder)
Abro el paquete con cuidado, para que no se mareen, los pobres han tenido un viajecito interesante. Ahí están, de nuevo en mis manos, temblorosos, asustados, con los nervios a flor de hoja. No saben donde están ni como han llegado aquí, no reconocen ni el lugar ni a mi, que los creé con mis propias manos y unos cuantos bolis Bic. Y entonces ocurre lo inevitable: se ponen a llorar y a gritar como descosidos.
No se si alguna vez habéis oído el sonido que hacen unos apuntes descontentos. No es tan elegante como el de los libros impresos y encuadernados, todos sofisticados y resabiados, donde solo se nota el sonido de alguna errata perdida entre sus páginas, si es que tienes un oído experto. Los mejores casi suenan como si solo tuvieran una voz. Porque, de hecho, los apuntes suenan como una colmena auténtica (e inmensa): cada palabra una abeja, cada hoja un panal, etc... Ahora imaginad que todas se ponen a hablar al mismo tiempo, pero cada una suena distinta a las demás. Hasta las palabras que parecen iguales son diferentes, alguna tiene una f más alargada, o está subrayada, o tiene un borrón porque traté de corregirla (esas son las que más desafinan). Los dibujos son como la percusión, nadie se fija en ellos, pero si faltan todo el mundo se da cuenta. Sin embargo, también tienen su encanto si se sabe escuchar a los textos manuales; te dejan una sensación casera y entrañable.
Pero éstas llevaban demasiado tiempo fuera; casi habían perdido el acento. Hasta creo que una de las hojas intentó morderme, por suerte solo fue un rasguño en uno de los dedos...
Me costó toda la mañana que se adaptaran de nuevo. Tuve que hacerle un tour por toda la casa para que viera que no queríamos ni romperlos ni quemarlos (creo que Fahrenheit 451 será película prohibida una temporada...), presentarle a toda la familia; y, sobre todo, recordarle todo lo que había olvidado. Cómo lo creé de los apuntes en sucio, cada día durante un curso entero, cómo sus compañeros desarrapados y menos afortunados, meros eslabones perdidos de una cadena inexistente, les deseaban una vida mejor antes de partir a tierras lejanas donde serían otros libros, de aventuras tal vez (con suerte, también podían acabar siendo cartones o papel higiénico reciclado; ese no parece un destino muy agradable...). Y sobre todo, recordarles cómo, tras haberlos acabado, me pasé horas estudiándolos y repasándolos durante días y noches enteros. Y de cómo les pedí que ayudaran a mi amiga porque ella también se lo merecía.
Finalmente recordaron. Y ya todo volvió a ser como antes. Ellos descansando, después de un trabajo bien hecho, junto con otros como ellos en un espacio especialmente dedicado; y yo, trabajando tranquilamente sin el molesto sonido de apuntes cabreados en mi cabeza.
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Perdón por este texto, insípido guiño a Terry Pratchet después de haber leído el altamente recomendable libro titulado "Buenos Presagios" (colaboración entre el citado Pratchet y Neil Gaiman). Ya sabréis que cuando la musa te sonríe, es mejor hacerla caso o se irá tan rápido como vino. Pues este es el resultado; más soñador de lo que me esperaba.
Gracias María por los apuntes, los echaba mucho de menos (y sus amiguitos también, no te creas).








