jueves, 12 de enero de 2012

"Emancípate" decían...

La sensación de soledad en casa es algo que en mi vida he experimentado pocas veces. No me entendáis mal, he estado sola en casa muchas veces, como todo el mundo, pero solo hace poco me he sentido de verdad sola. Sola, sola. Y es que toda la vida he vivido en familia.

Primero (al menos en mis recuerdos conscientes) se compartía habitación con tus hermanos. En esa época, pocas veces no estás pululando alrededor de alguien: familiares cercanos o lejanos, amigos, vecinos, peluches o muñecos, siempre hay alguien con quien intercambiar miradas, jugar, reír o pelear. Lejanos días en los que los acuerdos de propiedad eran siempre un jugoso tema de discusión.

Años después, tras una ardua campaña de discursos, testigos especializados y pruebas contrastadas, y con el apoyo incondicional de tu "roomatte" (ella tiene más que ganar que tú), consigues una habitación para ti solita. Es pequeña y todas tus pertenencias se amontonan en 2 escasos montones: ropa y juguetes. En ambos casos aprovechas la coyuntura para deshacerte de todo aquello que te ligaba aún a la no tan lejana infancia (ropa pequeña y juguetes demasiado infantiles). Y te vas a la cama sabiendo que nadie mas que tú hará ruiditos y te despertará por la noche para ir al baño... ¡y ese es exactamente el problema! Lo que esperabas que fuera una noche tranquila acabó una pesadilla. Todas las sombras parecen moverse, todos los ruidos parecen amenazantes y toda la habitación se convierte en una amalgama de todos los momentos terroríficos que has experimentado hasta la fecha. La noche pasa y sigues enterita gracias a la inestimable ayuda de mantas y sábanas con las que te cubres hasta la coronilla. Y al final no ha sido para tanto, porque en todo momento tenias la seguridad de que a una puerta de distancia estaba la salvación.

Y entonces, la adolescencia llega, y con ella desaparecen los momentos de tranquilidad. Siempre hay alguien con quien hablar, o alguien con quien salir, o algo (o alguien) sobre lo que pensar. Los momentos de ensoñación (muy frecuentes en este periodo) son tu mejor compañía cuando no tienes a nadie para distraerte. Y cuando no sueñas despierta, exprimes esas pausas solitarias como si fueran joyas, porque por una vez puedes ser tu misma, sin estar forzado por nadie ni por nada. Esencia de tí misma.

Luego te das cuenta de que puedes estar sola en medio de una multitud. Los seres humanos tenemos esa habilidad, los muros invisibles que creamos entre nosotros son mas aislantes que la caja fuerte de un banco. Sobre todo los mimos saben de lo que estoy hablando...

Recientemente he experimentado la verdadera soledad, genuina, inesperada, precedida normalmente por un momento incómodo o una desilusión inoportuna. Y es enorme. De repente, en la era de la comunicación, no existen teléfonos, ni ordenadores, ni smartphones, ni "interfonos", ni vecinos, ni seres humanos. Sólo estáis tu y el vacío (y, tal vez una o dos plantas desafortunadas). Es sobrecogedor, al principio. Te acostumbras. Y te lo crees. Pero tan solo en el momento justo en el que desaparece, es cuando te das cuenta de lo mal que lo has pasado. Y te juras a ti misma que no volverá a pasarte. ¡Ilusa! Puedes creerlo si quieres... mientras te dure la compañía.

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